Un fin de semana gentrificado

Este finde pasado, como el tiempo no acompañaba para montar en bici, preferí salir a caminar por el barrio en el que vivo, Neukölln. Agarré el chubasquero, me calcé las botas. Durante el paseo me topé con una tienda de ropa y tres cafeterías que hasta entonces nunca había visto. Supuse que serían locales inaugurados recientemente.

Uno de los cafés anunciaba su menú en la fachada, sobre una pizarra gigante. Ofrecía productos orgánicos, opciones veganas y una pequeña lista de postres caseros y exóticos. Los precios eran altos pero asequibles y desde la puerta del local se respiraba un delicioso aroma a café. Como irremediable cafeinómano que me considero, tuve que entrar a explorar y no me arrepentí. Me sirvieron un macchiato acojonante.

Más tarde, de regreso a casa, feliz y espabilado por la cafeína, me pregunté cuántos negocios se habrían estrenado en el barrio desde mi regreso a Berlín, ni siquiera un año atrás. Tenía la impresión que cada dos semanas aparecía un local nuevo.

También me cuestioné si a cualquiera de las familias turcas que viven en mi edificio le interesarían todas estas chorradas de comercio justo, delicatesen bio y menúes bilingües. Si mis vecinos habrían visitado alguna vez la tienda de ropa reciclada de la esquina. O la carnicería orgánica para perros al otro lado de la carretera. Desde luego, lo dudaba.

Quizá mis vecinos sí habían celebrado la peatonalización de nuestra calle. Lucía más saneada, con sus nuevos bancos, graffities estilizados y un área para niños. Habían cambiado el alumbrado y, a finales de verano, incluso se organizó un mercadillo de segunda mano.

Aquello era algo por lo que alegrarse: el aspecto renovado del barrio. Además, ¿qué motivos existían para que nos preocupásemos? Todo marchaba sobre ruedas. Sólo éramos víctimas de otro episodio de gentrificación.

La palabra gentrificación: ni tan nueva ni tan vieja

El concepto gentrificación es un anglicismo –gentrification– que a su vez deriva del vocablo gentry (en inglés: alta burguesía). Lo acuñó la socióloga Ruth Glass en 1964, aunque a finales del siglo XIX, Friedrich Engels, en su obra Contribución al problema de la vivienda, ya lo describía con otras palabras.

Cuando hablamos de gentrificación nos referimos al proceso de transformación y renovación urbana de un sector o barrio deteriorado. A algo tan aparentemente inofensivo e incluso beneficioso como arreglar una calle, una plaza, el barrio y dejarle un aspecto bonito.

Sin embargo, a medida que la inversión -sobre todo, privada- sanea y reacondiciona el espacio, se produce un encarecimiento del suelo y se eleva el coste de vida de la zona. Como consecuencia de este aumento de precios -principalmente, del alquiler- los residentes del barrio se ven forzados a abandonar el espacio, reemplazados por otros de mayor poder adquisitivo.

Suena feo y cruel, ¿verdad? Algo así como “A tu casa vendrán y de tu casa te echarán”.

 

Gentrificación en Thompkins

Las revueltas de Thompkis Square Park, un clásico de la lucha antigentrificadora

A pesar de su amoralidad, la gentrificación es un proceso bastante común en barrios de ciudades que se desarrollan rápidamente. Podemos pensar, por ejemplo, en el Lower East Side de Nueva York, en el Soho de Londres o en el triángulo de Ballesta (Malasaña) de Madrid.  En mi Málaga natal, sin ir más lejos, la gentrificación ha abrillantado todo el centro histórico y lo ha transformado en un paseo aséptico e iluminado, al gusto de los turistas. Descanse en paz.

La gentrificación también es típica en ciudades huésped de grandes eventos lúdicos o deportivos -piénsese en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 o los de Río de Janeiro de este año y sus efectos caníbales sobre ambas ciudades.

Berlín, por muy chachi que nos parezca, tampoco podía quedarse atrás. Su juventud -sólo la conocemos reunificada desde hace veinticinco años-, sus nostálgicas aspiraciones punk y su débil infraestructura industrial nos hicieron creer, por un tiempo, que escaparía de los males inherentes a las grandes ciudades. Se trataba, por supuesto, de un efecto óptico.

Ahora, más que nunca, la gentrificación se ha adueñado de la capital alemana. Se expande, además, a un ritmo implacable. En este artículo analizamos algunos de los factores más importantes del proceso.

Berlín: lo que pudo haber sido y no fue

Nadie cuestiona la turbulenta cronología de Berlín durante el siglo XX. La ciudad las pasó canutas. La bombardearon, destruyeron, dividieron con un muro de piedra y su zona occidental pasó a convertirse en una suerte de islote a merced de los favores que aterrizaban en Tempelhof.

Cuando en 1989 el muro cayó, se siguió liando parda. Una buena parte de los habitantes del área este se trasladó al otro lado de la ciudad. Aspiraban a mejor calidad de vida. A trabajo. A Coca-cola. Así, algunos barrios orientales sufrieron una despoblación de hasta un 90 por ciento. Quedaron decenas de edificios abandonados. Esto atrajo un fuerte flujo de artistas, colectivos y buscadores de oportunidades que ocuparon los espacios e hicieron realidad un modelo de alojamiento alternativo, casi utópico. Al menos, eso es lo que cuentan.

En principio, a Berlín se le auguró un desarrollo que la colocaría a la par de otras grandes capitales, con un sector de servicios próspero y una infraestructura decente. Las predicciones, sin embargo, se revelaron una auténtica caca. Después de un par de años, quedó claro que Berlín no levantaba cabeza. Lo único que parecía funcionarle era el turismo. Llegaba cada vez más gente de otras partes del país y de fuera a visitar a la urbe. Fue sólo cuestión de tiempo y dinero que las promotoras inmobiliarias y las instituciones políticas reconocieran el potencial que el turismo suponía para la ciudad. Quizá se pensaron que era lo único que rescataría a la capital. Se pusieron manos a la obra.

Primero se ocuparon de Prenzlauer Berg, el barrio cool del este, con su animada y genuina Kastanien Allee. Después le tocó el turno a Kreuzberg, distrito de eminente población turca y estratégicamente céntrico tras la caída del muro. Ahora la gentrificación se expande como la peste por Neukölln, otro barrio de clase obrera-turca.

El proceso es imparable. Sobre el cielo de Berlín se perfilan multitud de grúas. Continuamente se levantan edificios nuevos sobre suelo revalorizado. De acuerdo con Ainhoa, una arquitecta residente en la ciudad, en menos de una década la urbanística de Berlín habrá cambiado drásticamente:

– Si Berlín alguna vez fue un sueño -afirma-, hace ya muchísimo que se acabó.

Sin embargo, Ainhoa todavía considera las oportunidades del sitio:

– No deja de ser un lugar excepcionalmente barato -dice-. Todavía es factible adquirir una vivienda céntrica en la ciudad a un precio moderado. Esto atrae la presencia de extranjeros creativos que no podrían costearse el mismo espacio en otras capitales como París, Londres o Madrid.

La llegada de estos nuevos ocupantes, opina la arquitecta, no hace sino acelerar la transformación de la ciudad. Parece que Berlín se encuentra atrapada en un callejón sin salida.

La cruzada contra el turismo y los hipsters: de Berlín a Nueva York

Berlín es una ciudad de inquilinos. Al menos, el 85 por ciento de su población vive en régimen de alquiler. Os podéis imaginar, entonces, el despelote que se está montando entre propietarios e inmobiliarias, todos locos por llevarse un buen pedazo del pastel.

En los últimos cinco años, el alquiler del inmueble en Berlín ha experimentado -nada más y nada menos- una subida de un 35 por ciento. En zonas de Kreuzberg y Neukölln el incremento ha alcanzado hasta un 40 por ciento. Entschuldigung?

Era de suponer que esta especulación cabrease a muchos residentes de la ciudad y haya provocado movilizaciones ciudadanas como, por ejemplo, Spreeufer für alle, que se opone a la privatización de la orilla del río Spree, Wir bleiben alleque se manifiesta contra las subidas de alquiler o la controvertida Berlin does not love you.

 

Berlín no te quiere

Berlín no te quiere, unas pegatinas fáciles de reconocer en la capital alemana

Las primeras pegatinas con el slogan de Berlín no te quiere –Berlin does not love you, véase fotito en el articulo -aparecieron por la capital en verano del 2011. Se trataba de una iniciativa de carácter antigentrificador que rechazaba a los turistas así como a los inmigrantes del sector creativo -diseñadores, músicos, escritores y, en general, cualquier hipster de bigote engominado. El movimiento llegó a alcanzar tintes xenófobos: se sucedieron peleas en bares, pintadas racistas y extendió cierto sentimiento de antipatía hacia el extranjero.

Lo cierto es que este activismo más provocador y radical no era en absoluto exclusivo de los berlineses. Más de veinte años atrás, a finales de los ochenta, en el Lower East Side de Nueva York se gritaban consignas como el Die Yuppie Scum (Muere, yuppie de mierda) y se plantaba batalla contra la policía. La revuelta de Tompkins Square Park en la misma ciudad,  se convirtió en un modelo indiscutible de la lucha feroz contra la gentrificación. Luego vendrían las manifestaciones en los noventa del Mission District de San Francisco. La Fuck Parade en Londres del año pasado.

Entendiendo la gentrificación y al verdadero enemigo

Pero pongámonos un poco serios: acusar a los yuppies, criticar al sector creativo o vandalizar establecimientos de modernos de mierda, como se hizo en Londres con el Café Cereal Killer, sólo termina desviando la atención de las verdaderas raíces del problema gentrificador.

En La nueva frontera urbana -un clásico sobre la gentrificación muy facilito de leer y que podéis descargar gratis aquí-, Neil Smith disculpa a los nuevos residentes que colonizan la zona gentrificada y los sitúa como otra pieza más del proceso. Reconoce que, para que la gentrificación funcione, es indispensable la existencia de un grupo de consumidores dispuestos a desplazarse a la zona renovada. Sin embargo, estos no son más que puras marionetas de los que manejan el cotarro.

Entonces, ¿quiénes son los malos? Los mismos de siempre: gestores urbanos, promotoras y, por supuesto, los políticos y bancos. De hecho, en la medida que las políticas públicas promueven o limitan la inversión en un área concreta, determinan el éxito de la gentrificación. Y por supuesto, nunca juegan todas sus cartas.

Así, con la excusa de culturizar un barrio, de revitalizarlo, de mejorar su seguridad e higiene, se organizan eventos artísticos, se subvencionan alquileres a creativos y estudiantes y se invierte en el saneamiento e infraestructura de la zona. Hasta aquí genial. Sin embargo, todo obedece a planes menos filantrópicos y la historia continúa. Una vez el área se ha saneado, modernizado, culturizado, el valor del suelo se dispara más todavía. Todo se encarece y va a parar al bolsillo de los malos.

Fijaos que esto quiere decir que el proceso de gentrificación se retroalimenta. De hecho, los nuevos colonizadores también pueden ser desplazados. Así, es muy posible que en unos años, la mayoría de los nuevos residentes de Neukölln decidan mudarse a otro barrio, en busca de alquileres más razonables. Así la gentrificación se repite en un círculo interminable.

Smith, por otro lado, concluye que la gentrificación es el resultado lógico del crecimiento de una ciudad, entendiendo esta como un organismo vivo, en continua evolución. Parece ser que, aunque nos duela, la gentrificación implica desarrollo.

Por supuesto, esto no significa que no podamos postularnos al respecto ni salir a manifestarnos. En Berlín, desde la organización Berliner MieterGemeinschaft,se denuncian las incongruencias de las inmobiliarias y, por una cuota trimestral, se asesora a los inquilinos sobre sus derechos. Además, cada vez son más las asociaciones de vecinos que se aglutinan para oponerse a las subidas de alquiler. No se trata de una labor exclusiva de estas: lo ideal sería trascender los límites locales y vincularse con otras organizaciones de justicia social (desde ecologistas a educadores y trabajadores sociales). De esta manera, la red antigentrificadora se amplía. Se transforma en un movimiento de bienestar global.

Se trata, desde luego, de una tarea bastante politizada, muy exigente y desafiante. Menos cómoda y efímera que arrojar piedras contra escaparates o comprar productos bio; pero es que, en esta historia, más que nunca, la unión hace la fuerza.

Conclusiones

Si habéis llegado hasta aquí en la lectura, imagino que el artículo os habrá despertado inquietudes con respecto a la gentrificación. Resulta complicado extraer unas conclusiones definitivas para un proceso que parece casi inevitable en el crecimiento de cualquier ciudad.

Es importante, además, desmitificar la lucha antrigentrificadora y evitar caer en argumentos que defienden, por su romanticismo, la idea de un posible pasado mejor. La preservación del patrimonio y las tradiciones, a pesar de su vital importancia, también debe ajustarse a una ética común y global.

Entre tanto, ¿qué podéis hacer por vuestra parte? Sobre todo, informaos en lo posible, respetad al vecino y abrid los ojos a los cambios que se dan en vuestro barrio. Un poco de conciencia política y sobre lo que se consume –aunque a veces aburra- tampoco viene mal. Participad en las reuniones de vuestro edificio. Apuntaos a organizaciones. Leed los postines de denuncia que encontráis de paseo. Manifestaos.

Sé que el asunto va para largo. Al menos, me consuela ver que los críos siguen jugando en mi calle. Una calle, sin ninguna duda, gentrificada. O, simplemente, una calle.

 

Los mushashoh de mi barrio

Los mushashoh de mi barrio, leh gusta hugá a diario…

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Emilio Moriarty (Sobre mí)

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